lunes, 20 de septiembre de 2010

LOS CUADERNOS

No podía concentrarme. Leía y leía sin entender nada.

¿Cuántos años habían permanecido esos cuadernos ocultos en el rincón de la biblioteca? ¿Cuánto tiempo hacía que no los abrían? ¿Cuál fue la postrera vez que ojos humanos se habían posado sobre sus páginas, otrora blancas y ahora amarillentas y con ese olor rancio a las cosas guardadas demasiado tiempo?

Al principio fue sólo un simple pasar las hojas. De pie, ante el estante, tomé uno, al azar, y lo abrí respondiendo a una curiosidad que nunca antes me había tentado.¿Por qué ese día, precisamente, habían llamado mi atención?

Después de un rato, tuve que sentarme, con la pila de añejas tapas a mis pies. Comencé a acomodarlos por las fechas: 1957, 1960, 1966…y así seguían hasta alcanzar el año…bueno, ningún año de este siglo.

Casi ni dudé que pronto me aburriría de la lectura y me iría de la atmósfera conventual de la biblioteca buscando más gratas ocupaciones. Las ventanas estaban cerradas pero intuía el olor a jazmines que anticipaba la primavera y la idea de gozar del calor del sol era tentadora. Sin embargo, algo me contuvo, y mi mano, independizándose de mi voluntad, se adelantó para tomar el primer cuaderno. Me impactó desde su comienzo la visión de la casa. ¡Estaba tan bien descripta! Podía recorrer cada una de las habitaciones, percibir los pormenores de sus detalles. Después de todo, ese florero de cristal no me era desconocido. Recordaba haberlo visto en un mueble de mi propia casa.

Un pesado reloj de pie, cada tanto, con la monotonía de sus años, dejaba desgranar sus campanadas que yo escuchaba lejanas y perdidas, tan atrapada me mantenía la vida prisionera en las palabras.

Las ventanas se abrieron silenciosamente y un aire mohoso, de olor marchito, movió las cortinas…

En ese instante me sonrió…No sé cómo pero estaba allí, parada ante mi asombro y me sonreía… Simulé ignorarla. Volví mis ojos a las páginas que me esperaban sumergiéndome en la lectura. Gestos y voces ya idos, escenas fenecidas, preocupaciones, alegrías, llantos, todo se mezclaba en ese caleidoscopio del pasado.

Mientras continuaba febrilmente la lectura presentí como todo a mi alrededor se transformaba. Cuanto más me adentraba en esas historias por ella vividas, mayores eran los cambios en mi entorno. La casa de los cuadernos ya no era algo presentido; lentamente iba cobrando realidad. Pensé que podría tocar los objetos próximos con sólo estirar mi mano, que podría pararme y caminar, recorrerla palmo a palmo.

Levanté la vista. Ella aún estaba parada frente a mí, sonriendo bobamente. Sentí que las fuerzas me abandonaban, que mi cuerpo era atraído hacia la tierra como si soportara un enorme peso mas no intenté pararme. No sé cómo se prendió la luz de un velador sobre una mesa cercana. Porque había anochecido. Yo leía, leía, leía, tanto que las historias de esa vida ya eran mis historias, eran mi vida.

Cuando miré mi cuerpo de soslayo, vagamente me estremeció un escalofrío. Mis ropas no eran las que usaba esa mañana…eran otras…eran las de la mujer que me sonreía. No obstante, yo seguía ahí, sentada sobre la alfombra espesa y gastada, con olor a naftalina. Leía apasionadamente, no podía abandonar esos cuadernos que iban cambiando de lugar a medida que los devoraba.

“Estás llegando al fin” sentí que me susurraba…Extraño, ya no sonreía. Ahora su mirada se apoderó de mis ojos y pude visualizar su historia como reflejada en un espejo…Comprenderla. Porque yo ahora era ella…y ella comenzó a moverse transformada en mi imagen, en este ser joven, pleno de vida e ilusiones, que ya no me pertenecía.

Como flotando en el aire, sigilosamente, caminó hacia la puerta, la abrió, se dio vuelta y me sonrió nuevamente. Detrás de su silueta recortada en la claridad lunar, en ese mundo del 2010, pude ver mi casa, saber que allí estaban mis amigos, mi familia, mis cosas de todos los días.

La puerta se cerró bruscamente y quedé atrapada -¿hasta cuándo? – en esa casa fantasmal que muchas veces había visto al atardecer, como un reflejo del sol poniente, sobre mi propia casa. Entonces supe con la claridad de una revelación, que así era la casa derruida para edificar la nuestra…la casa ancestral donde habitara la abuela de mi abuela, muerta aún joven. La misma que tomó mi cuerpo, abrió la puerta y se perdió en el mundo real para vivir otra vez su historia en los umbrales de un nuevo siglo.

Haydée Norma Podestá

Rosario, 9/11/2005

Santa Fe, Argentina

Derechos reservados

1 comentario:

Mary dijo...

Un viaje en el tiempo...a traves de tus sentimientos escritos..tus vivencias...una mirada al pasado...Me gusto mucho tu escrito...Un abrazo!!