sábado, 6 de junio de 2009

FLORES EN MI VIDA

LAS VIOLETAS

Siempre me gustaron las violetas. Ejercía una fascinación especial para mi altura de niña de cinco años el violetero blanco con estampas de esas tímidas florecitas azul-violáceo que mi madre llenaba con otras idénticas pero reales. Me gustaba levantarles su corola con mi pequeño dedo índice para poder admirarlas mejor...y aún hoy, recorridos los años desde mi niñez, me sigue maravillando el descubrirlas debajo de su mata de hojas verdes. Entonces, mi corazón de antaño, vuelve a asombrarse con la belleza frágil de sus diminutos pétalos.

Tengo en el alfeizar de una ventana, un cántaro de barro con violetas. Me gusta ver el contraste de la alfarería marrón con el verde de las hojas; que no son las hojas acorazonadas en redondo de las violetas de cultivo sino casi casi una punta de lanza, pues mis violetas proceden de la falda de las montañas de Merlo, en San Luis, donde a veces me refugio en la casa de mi amigo Carlitos. Las descubrí un día en que recorríamos los senderos montañosos aledaños a su hogar, cercanas al arroyuelo que forma el límite sur de su terreno, entre los molles centenarios, mudos testigos de tantas generaciones como han pasado desde el día en que asomaron su primer brote a la mirada del cielo. Yo buscaba piedras que "me llamaran hacia sí" -amo las piedras -como hago en cada oportunidad que visito una región donde se las halla al alcance de la mano. La tintineante voz del agua se perdía entre la umbría húmeda del bosque; los cantos rodados estallaban en rojos, marrones, amarillos, blancos, azulinos, grises; pero, como atraída por un imán poderoso, mi vista se desvió del fondo pétreo del arroyito para descubrir las pequeñas y dispersas plantitas de violetas florecidas para mi emoción. Sentí que un par de ellas me rogaban que las llevara conmigo; entonces las tomé con extrema delicadeza y las cobijé en un recipiente hasta poder trasplantarlas en el cuenco alfarero desde el cual me saludan cada amanecer.

Ellas tienen la perenne misión de recordarme no sólo la fragancia de las de mis primeros años sino también hacer volar mi pensamiento hacia las montañas que tanto amo, a pesar de ser una habitante de la inmensidad cuadriculada de la pampa.
Haydée Norma Podestá









Imagen subida desde internet.







2 comentarios:

Carolina dijo...

Hermosas palabras ..

goyo dijo...

lo has hecho muy bonito.
que bueno que te gusten las montañas, ya sabras que mis ojos estan puestos en catamaraca, sus cerros son bellisimos.
un abrazo amiga