La vida se hace vida en las entrañas
apacibles de la madre
como la flor
encapulla en las ramas.
Botón de otras simientes
que la proyectarán a tiempos
no dimensionables
para renacer sus rasgos
en otras generaciones
impensadas.
Porque el cálido arrullo de una madre
revivirá en los ecos de las nanas
que sus hijos
cantarán a nuevos hijos;
siembra germinal
en la sucesoria generación
de lo terreno.
El amor es el sentimiento
más profundo…
caricia en las yemas de los dedos
de una madre
delineando los rasgos de su infante;
ternura de los besos
maternales
cuando acuna entre los brazos
su criatura
o se pierde en el abrazo
de sus hijos.
El amor de la madre es aroma de cocina,
es la ropa planchada y la cama tendida.
Es la mirada puesta en las tareas
que se traen de la escuela
y la venda en la rodilla malherida.
Es el enojo cuando nos bandeamos
y la risa
que hace coro a nuestra risa.
Es palmada y consejo,
es escucha en silencio
es cuento que se lee por las noches,
es juego compartido,
es el saludo mañanero
y las lágrimas de las despedidas.
Es volver presurosa de un trabajo,
siguiendo en el trabajo de la casa
para que su prole
se sienta contenida.
Es mirarse en sus hijos ya crecidos
agradeciendo la vida.
El amor de la madre renace en cada hijo
retoñando arcoiris de ilusiones,
enlazando en nuevos ciclos, sueños viejos…
porque su esencia innegable
es ser eterno
y proyectarse sin límites de tiempo
abarcando los espacios infinitos.
Haydée Norma Podestá