En Rosario, en la Plaza Suecia, Bv Oroño y Av. Humberto Illia, el 13 de setiembre de 2013, a las 11.30 hs. se colocó la placa que conmemora la primera plantación de jacarandáes (13/10/12) del programa "Y volverán a ser árboles", de los escritores Isabel Daibes y Esteban Fauret, correspondientes a los libros editados por las escritoras Violeta Cerceau, Ana María Daviou, Myriam Mena y Haydée Norma Podestá, presentes en el homenaje.
Nuestro agradecimiento a Rubén Nápoli quien fuera el diseñador y el gestor ante las autoridades de la ciudad para llevar a cabo este sueño.
Mi agradecimiento a mis hijos Luis César, Adriana y Germán Cárcamo; a mis nueras Claudia Colaccini y Silvana Rubulotta, a mis nietos Camila, Agustín y Ana Clara, a mis consuegras Marta Caporaletti y Silvia Negrello.
También a nuestra amiga poetisa Nelli Garay, siempre junto a nuestros momentos felices.
A mi compañera del taller de fotografía Hada Berchasky.
Y a los escritores Liliana Farah, Viviana Maldonado y Juan Federico Torres por estar a nuestro lado.
sábado, 14 de septiembre de 2013
jueves, 12 de septiembre de 2013
Por "FRONTERAS DEL VIENTO"
Esta placa se coloca en nombre de las escritoras Violeta Cerceau, Myriam Mena, Ana María Daviou y Haydée Norma Podestá.
domingo, 1 de septiembre de 2013
Concurso literario en Junín
SOCIEDAD ARGENTINA DE ESCRITORES
Mary Viccini y Melina Balderrein fueron las ganadoras del concurso
El jurado estuvo integrado por la profesora de Letras Jorgelina Bellone, el escritor Darío Lobato y el Presidente de ASOLAPO en Argentina, Norberto Pannone.
29 de agosto de 2013
La programación fue dirigida por el maestro de ceremonia Edgardo Barrionuevo y amenizó musicalmente el coro Voces de la Tercera Edad, dirigidos por el profesor Dante Cruz. Luego, la diputada Valeria Arata donó una bandera argentina de ceremonia. Más tarde, el ballet “Tierra Madre”, dirigido por la profesora María Eugenia Alvear, deleitó a los presentes. Para finalizar se brindó un vino de honor.
Adultos Poesía:
- 1 premio: “Presentir”, Mary Viccini, de San Nicolás.
- 2 premio: “Más allá de la materia”, Ana María Davion, Rosario.
- 3 premio: “Noche de Amor”, de Guillermo Santo Ledri, Gualeguaychú, Entre Ríos.
- 4 premio: “Soledad”, Verónica Petasne, Capital Federal.
- 5 premio: “Fui alguien, fui algo”, Damián Andreñur, Villa Elisa, La Plata.
- Menciones de honor: Jorge Hermiaga, de Moreno; Enrique Scarpatti, Junín; Etel Carpi, General Viamonte; Juan Carlos Rodríguez, Venado Tuerto; Héctor Grillo, Junín y Susana Tranzillo, Ituzaingó.
Adultos Narrativa:
- 1 premio: “El amor en los recuerdos”, Melina Balderrein, Ascensión.
- 2 premio: “Ellas”, María del Carmen Escobar, Pergamino.
- 3 premio: “Reminiscencias”, Eduardo Kerschen, Garín.
- 4 premio: “La polilla en el claustro”, Haydee Podestá, Rosario.
- 5 premio: “Alta competencia”, Dora Panichelli, Junín.
Menciones de honor: Eduardo Borawski Chanes, Mar del Plata; Alejandro Pérez Roulet, Ciudad de Buenos Aires; Osvaldo Panci, Junín; Susana Martín, Florida, Buenos Aires; Ilda García de Garbarino, Junín; Raúl Lombardi, La Plata; Ana María Bertuzzi, Junín y Luis Becerra, Junín.
Juveniles Narrativa.
- Categoría A: 1° premio: “Inventor”, de Regina Mancino, Junín.
- Categoría B: 1 premio: “La fotografía”, Daira Mortarino, Junín y 2º premio “La gran aventura del mono Tití”, de Ramiro Muñoz, Junín.
- Categoría C: 1 premio: “Mil dibujos o una sirena”, Juan Agustín Otero, Capital Federal.
Juveniles Poesía:
- Categoría B: 1 premio: “La carrera contra el miedo”, Catalina Molnar, Pehuajó y 2 premio “El premio”, Facundo Turchi, Junín.
La comisión directiva de SADE entregó un certificado al presidente de Asolapo en la Argentina, Norberto Pannone, como fundador dando el nombre de socio honorable.
jueves, 29 de agosto de 2013
PÁJAROS
¿Dónde están los sueños de los pájaros?
¿En qué suspiro del éter esconden sus gorjeos?
Cuando la magnitud del sol se eleva altanera,
¿dónde canta sus recuerdos el pájaro viajero?
Su levedad de plumas esconde la nostalgia
de los que vagan los espacios infinitos
y regresan con el alma plena de paisajes
al cerco amante de un nido tibio.
Entonces trina el despertar del goce
de saberse el dueño de las ramas
del árbol que comparte la solitaria vida
de quien con la misma vida se hermana.
Por eso el destino de los pájaros
es regalarnos la música que brota
de la profunda belleza de su alma
para morir un día sin que sepamos dónde
expirará en el aire su postrera nota.
Haydée Norma Podestá
Rosario, 22 de agosto de 2013
Derechos reservados
viernes, 5 de julio de 2013
MENDIGO
oculta en el hueco de alguna pared
sombra de una vida errante
de la persona que pudiste ser.
Un hato de harapos, mugriento,
que tiembla de frío cuando muere el sol
en los callejones de tiempos perdidos
de noches con hambre y sueños sin voz.
¿Dónde extraviaste los días de infancia?
El ayer de risas, ¿dónde ocultará
la cálida mano que guió tus pasos?
Al niño inocente, ¿quién recordará?
Un viento de olvido te nombra
donde la palabra amor se extravió
mientras desovillas tu cuerpo aterido
buscando el mendrugo que el hambre negó.
Reintentas los pasos, cansino mendigo,
por calles ajenas, con tu libertad;
y vas como sombra, perdido en espejos,
despreciando al mundo y su necedad..
Cada día pasa, cada noche vuelve,
girando inercias en tu carrusel
y muerde la sombra de viejos portales
un sollozo amargo cada anochecer.
HAYDÉE NORMA PODESTÁ (Derechos reservados)
miércoles, 19 de junio de 2013
VICISITUDES DE UN DOCENTE
Me levanto a las seis de la mañana. Debo concurrir a una de
las escuelas secundarias donde estoy desarrollando el curso “Educar para un
mundo mejor”.
Como soy una de las personas inundadas (en Rosario) del 19
de diciembre de 2012, recién hace tres semanas que pude comprar el calefactor
que se me arruinó con la inundación…pero…aún no tuve tiempo de llamar al
gasista que me lo debe cambiar; demasiados compromisos que me tienen fuera de
mi casa y, sinceramente, para atender a quien debe hacer el trabajo debo estar
en ella por lo menos una mañana entera. Eso significa que la casa está helada y
que antes de lavarme la cara debo prender el horno de la cocina, elemento
sustituto del calefactor y también enchufar el caloventor para no morirme de
frío. A esta hora hace una temperatura de 0º con una sensación térmica de -4º.
Confieso que tenía ganas de remolonear, de no ir hasta la
escuela. Especulaba con que hoy se haría el acto por la bandera, que quizá los
chicos entrarían más tarde…mas como me había comprometido todos los miércoles
en el primer módulo de clase, pudo más mi responsabilidad (¿estúpida
responsabilidad en un mundo cada vez más irresponsable?) y me fui vistiendo,
tomando mis pastillas, desayunando, atendiendo a mi perro, controlando que
estuviera todo el material de clase en el portafolios y, a partir de las siete
y cuarto hasta las siete y media, intentando comunicarme con la escuela con la
débil esperanza de que una voz me informara de que no había clase desde tan
temprano.
¿Nunca necesitaron comunicarse con urgencia con alguna
institución? Entonces ya sabrán que esa comunicación es imposible. En mi caso
el teléfono estaba permanentemente conectado a un contestador que me remitía a
un número particular.
Responsablemente, me puse mi boina de lana, me emponché lo
más que pude, cargué el portafolios en el auto y salí para la escuela en
cuestión, dándome cuenta de que me había olvidado la bufanda pero sin tiempo de
volver a buscarla debido al horario demasiado justo para llegar a ella.
Las calles aún se iluminaban con sus faroles y los vehículos
que circulaban a esa hora estaban tan malhumorados como el mío por el apuro de
sus conductores, los baches, las pérdidas de agua en el pavimento, los
corralitos, las luces altas, los semáforos, los ómnibus que se creen dueños de
los espacios mínimos en las arterias con mejorado y zanjas…todo eso en el
recorrido de quince cuadras que me separaban de mi objetivo.
Llego…¡Ah, la visión de la escuela iluminada, promesa de
calor en esa mañana que acusaba -2º y
una sensación térmica de -6º,pues cerca de la salida del sol, no sé por qué,
siempre descienden las temperaturas!
¡Ah…la visión de los salones con bancos desocupados, de las
rejas cerradas (aún las que permiten entrar al estacionamiento) y de un grupo
indefinido de personas amontonados contra la puerta de ingreso!
Dejo el auto en la calle, no bajo el portafolios por las
dudas de algún robo, y casi corro hasta la puerta del establecimiento
intentando abrir el portón. Detrás de una bufanda, unos ojos me dicen -¿o fue
una voz escondida debajo de los ojos?- que entre por la otra puerta. Me resigno
a ser sólo una pasajera de la calle y le pregunto, entre los barrotes, a la voz
si los chicos ingresan más tarde por el acto. Me responde que el acto fue ayer
y que hoy los chicos no vienen porque hay una jornada. Me guardo las ganas de
soltar un buen insulto, viendo a ese grupo de docentes que llegaron temprano y
que deben esperar en el frío del amanecer, parados, soplándose las manos, a que
se cumpla rigurosamente el horario de entrada de la jornada, 8 hs de la mañana,
para que algún portero abra las puertas y puedan entrar al calor de la escuela.
Después de todo, yo me volvía a casa, a tomarme un café y a
descargar mi bronca en estas líneas antes de salir otra vez al frío de un
invierno que nos jaquea entre altas y bajas temperaturas, según el humor de ese
día.
martes, 11 de junio de 2013
LA VOZ
Mi cuento "La Voz" mereció Mención de Honor en el Concurso "La pluma de plata". Pehuajó, 8 de junio de 2013
El auto corría por la monótona carretera secundaria. Como un trazado paralelo, algunos kilómetros a la derecha, se veían las luces de los vehículos que transitaban por la autopista. Pensó que hubiese podido continuar por aquella para acelerar el ritmo de su viaje pero algo, como una fuerza extraña, parecía querer detenerlo en el tiempo y retardar el final que lo aguardaba. Recordó cuántas veces había experimentado la sensación de estar en el lugar y en el tiempo equivocado y esa necesidad que lo atenaceaba de mantenerse fuera de lo que en ese momento estaba haciendo.
Cuando era muy niño y compartía con sus hermanos los juegos en el patio de la vieja casona paterna, de pronto, sin poder explicárselo, se quedaba quieto, con la sensación que todo a su alrededor se desvanecía y sólo existía él, en el medio de esa rara luz difusa que lo envolvía. Entonces, desde muy lejos parecíale oír el eco de una voz que murmuraba un mensaje ininteligible. Quedaba así, inmóvil, hasta que algunos de sus hermanos mayores lo sacudía, riendo o malhumorado, gritándole que continuara jugando.
Aprendió a anticipar los síntomas de evasión de la realidad cotidiana aislándose de quienes compartían con él ese momento para que no lo despertaran bruscamente de la búsqueda entre las telarañas del ensueño de esa voz que transmitía –estaba muy seguro de ello- un mensaje que era fundamental que descifrara. Pero la voz persistía en mantenerse en la distancia y era apenas como el eco de las cosas no pensadas.
Después, a medida que crecía, la sensación se encarnó como una segunda piel y comenzó a restarle importancia, despertando naturalmente de las fugas de la realidad para seguir con lo que estaba haciendo. También los otros se acostumbraron a lo que llamaban “su personalidad de artista” y dejaron de prestarle atención, más aún cuando sus aislamientos fueron siendo cada vez menos frecuentes en tanto envejecía.
Sin embargo, aquella tarde, mientras compartía la charla habitual con sus compañeros del café del barrio, mirando la cansada piel de sus manos que sostenían las cartas para el truco que determinaría quiénes pagaban las cervezas, comprendió que la sensación volvía. Sacudió los hombros para desprenderse de ella pero ésta le abofeteó la cara con el eco de la voz.
Una desesperante necesidad de huir lo poseyó y parándose repentinamente mientras la silla y barajas se desparramaban sobre el gastado piso de madera, envuelto por el asombro y las protestas de sus compañeros de juego, salió a la calle, se subió al automóvil y comenzó a conducir como un loco por la autopista hasta llegar al cruce con la carretera vieja…ésa, por donde ahora iba sintiendo que el tiempo se desaceleraba y se reconstruía en una dimensión distinta porque de pronto ya no iba no sabía dónde sino sentía la seguridad de regresar a un punto perdido de su infancia el cual lo catapultaba a la entrada de aquella ruinosa casa a la que lo llevara su impensada carrera, hasta la sala en semipenumbras donde una mujer anciana, que salmodiaba “no me olvides, no me olvides”, le tendía los brazos, lo tomaba, lo acunaba en ellos y abrazándolo con sus últimas fuerzas como para que no volvieran a arrancárselo, dejaba ir su alma en un suspiro mientras él comprendía al fin que el mensaje de la voz era el llamado de su verdadera madre.
Haydée Norma Podestá
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