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sábado, 18 de febrero de 2012

MI PRIMER RECUERDO

En las casas, y mucho más en las casas antiguas, hay rincones especiales que va bautizando el uso diario.
En nuestro jardín estaba uno al que llamábamos "la canilla del frente".
Quiero imaginarme hoy cómo era ese lugar, pero los recuerdos se me mezclan con la vista del cantero de las sombrillas de la Virgen  que actualmente lo ocupan.
Sin embargo, surge como una visión verde y espinosa, la araucaria cercana, con sus ramas hasta el suelo que formaban una especie de refugio donde nos escondíamos a jugar las horas más calurosas de los interminables veranos; las yemas de mis dedos me avivan la memoria con la sensación de su tronco áspero y rugoso mientras allá arriba se balanceaban las enormes piñas verdes  que encontrábamos en el suelo después de las tormentas.Vuelvo a escuchar a las pirinchas parlanchinas que hacían nido en su copa mientras intento olvidar a los murciélagos que también la usaban como albergue y que, en las noches estivales, me hacían tener miedo de salir al patio ensombrecido.
Puedo volver a ver las matas de tuyas recortadas como arbustos que estaban en las esquinas de los caminos de pedregullo rojo, que bordeaban grandes espacios con canteros de flores y con césped.
Resurgen los pinos y los cedros, plantados sobre el largo límite del terreno, que da sobre las vías, recostados sobre el  cerco de ligustros, altísimo para mi pequeña estatura de niña .
Llega a mí el perfume de las manchas rosas de un enorme laurel de flor, ya desaparecido y al cual extraño hasta ahora.
Todo esto formaba el entorno de la canilla mencionada; canilla puesta allí para facilitar el riego, enhiesta sobre un rígido caño que la elevaba unos cincuenta centímetros del suelo y que ejercía una atracción mágica para mi hermano y para mí porque allí escapábamos al control de nuestra madre, siempre atareada en sus labores o cosiendo en las habitaciones que daban al jardín del fondo de la casa grande.
Un día, tendría yo unos cinco años,  estábamos por salir a nuestras habituales visitas a algún familiar o amiga de mamá,  quien ya nos había cambiado, impecablemente vestidos de blanco, y , luego de recomendarnos de que no nos ensuciáramos, procedía a su propio arreglo.
Entonces la memoria me lleva a darle la mano a mi hermano y conducirlo hasta la canilla del frente. Me veo agachada junto a ella, abriéndola entre los dos, dejándole salir un potente chorro de agua cristalina que iba inundando sin piedad el espacio a su pie, mientras nosotros nos dedicábamos a hacer  tortitas , felices e inocentes , disfrutando de ese maravilloso placer que es modelar el barro con las manos...hasta que sentimos la voz airada de mi mami, que no podía creer lo que sus ojos estaban viendo.
Por supuesto,  al ser la hermana mayor, siempre me achacaban toda la responsabilidad de nuestras travesuras...y mientras nos comunicaban que se suspendía el paseo, yo recibí el único chirlo que me dio nuestra madre y  experimenté el  primero de sus enojos que yo puedo recordar.
Por suerte, la famosa canilla continúa imperturbable su vida en el mismo rincón del parque, y, cada tanto, una sonrisa mía revive nuestras siestas de escultores de barro, mientras ella me hace un cansado guiño de complicidad.

Haydée Norma Podestá
Fisherton, Rosario, 18 de febrero de 2012.
Derechos reservados.


Mi cuñada Susanita, mi hermano Pirucho, con quien fuimos compinches de muchas travesuras, y yo, en octubre de 2011.


sábado, 10 de diciembre de 2011

DEJO DESLIZAR MIS DÍAS POR LA VIDA...






Dejo deslizar mis días por la vida
en esta esfera germinal de mis afectos.



Dejo deslizar mis días por la vida
gozando la plenitud verde del paisaje.
El canto en la fronda de los pájaros
fluye, en las gentiles notas, su mensaje
de esperanza en los años venideros
en esta esfera germinal de mis afectos.




Dejo deslizar mis días por la vida
en la paz ancestral de mis jardines;
en la quietud plena de mis cuartos
poblados por visiones de recuerdos;
en el contacto diario con mis libros
en esta esfera germinal de mis afectos.




Dejo deslizar mis días por la vida
con la sonrisa dulce de mis nietos,
entre las voces maduras de mis hijos
y ese amor que perdura en mi nostalgia;
porque la etapa final es bella síntesis
en esta esfera germinal de mis afectos.



Dejo deslizar mis días por la vida
agradeciendo los dones recibidos;
esta amalgama de dolor y de alegrías
que conforman la historia que me nutre,
sabiendo que lo vivido no fue en vano
en esta esfera germinal de mis afectos.


Dejo deslizar mi vida por la vida
en esta esfera germinal de mis afectos.


Haydée Norma Podestá
Fisherton, 28/11/11
Rosario, Sta Fe, Argentina
Derechos reservados




martes, 16 de agosto de 2011

LO QUE CALLAMOS.


Mi vida fue inconscientemente feliz hasta casi mis quince años.
Si pienso en esa etapa anterior al primer gran dolor que experimenté, todo en ella contribuyó para hacer de mí una persona con gratos recuerdos de su infancia.
El haber nacido y crecido en la  casona que edificó mi abuela paterna según la que su familia tenía en Milán, con sus techos altos y las grandes habitaciones con ventanas enormes que nos servían de vías de escape a mi hermano y a mí en las largas siestas del verano, el haber correteado por los senderos de su jardín, trepado a las altas casuarinas, hecho collares con los conitos de los eucaliptus, tostados los piñones de las araucarias, desgajado los naranjos y el mandarino para sacar sus frutas dulces y jugosas o tenderme a la sombra de la vieja parra de uvas blancas para inventar dibujos en las nubes, entre miles de otras actividades que nos ponían en contacto directo con la naturaleza, contribuyó a afianzar en mí esta necesidad permanente de libertad, acuñada en un pedazo de suelo que me dió raíces para crecer, alas para volar y mi lugar en el mundo.
Yo elijo siempre guardar los bellos recuerdos de todas las situaciones y etapas de mi vida porque tuve una infancia feliz, arrullada de mimos y abrazos; porque en ella aprendí que lo que perdura para hacernos crecer y elevarnos espiritualmente , lo que no daña al alma, es elegir lo que te  despierta la sonrisa en los labios y descartar lo que te frunce el ceño.
Sin embargo, hay un dolor que vive instalado en mi nostalgia de los años sin preocupaciones.
Mi padre fue una figura muy fuerte, muy importante en mi vida.  Era un hombre alegre, que jugaba con mi madre, mi hermano y yo cuando llegaba del trabajo; que nos leía cuentos y nos relataba historias de extraterretres cuando, sentados en los escalones de mármol del porche del frente, las noches cálidas del estío, mirábamos las estrellas y aprendíamos sus nombres. Con mi padre comencé a recitar "El Fausto" de Estanislao del Campo, mientras lo miraba afeitarse o a cazar ranas atrapándolas con la mano en la laguna que desapareció cuando el progreso trazó la Avenida de Circunvalación. Con mi padre compartíamos la pasión por el cine y fue mi padre quien me subió sobre una moto a los doce años y me explicó cómo dominar al viento.
También mi padre me enseñó el valor de las palabras. En los dos eneros anteriores al de su muerte, fallecieron un hermano y una hermana suyos, jóvenes aún. En una de esas ocasiones, hablando del dolor y de la muerte, me enseñó que las palabras de amor o de cariño no les sirven de nada a los muertos; que las cosas buenas que pensamos de los otros debemos decírselas en vida, cuando pueden ser oídas y apreciadas por los seres que amamos o que admiramos...y que, antes de decir algo desagradable a alguien, lo pensara muy bien y reflexionara si valía la pena ser dicho.
Mi dolor, ése no cerrado, es que la muerte me arrebató súbitamente a mi padre cuatro meses antes de cumplir mis quince años...y me quedaron en el corazón y en los labios montones de palabras de mi amor de hija que no pude decirle nunca...
Por eso, no te olvidés de decir en vida a las personas que amás, cuánto las querés...Lo que se calla para después, puede llegar demasiado tarde. Cuando, tal vez,  podemos gritar al viento las palabras no dichas...pero ya no podrán ser escuchadas por  los oídos para los cuales fueron pronunciadas.

Haydée Norma Podestá
Rosario, 16 /8/11
Santa Fe, Argentina