Donado y las vías, en el barrio de Fisherton, Rosario, Santa Fe, Argentina. Ésa es la localización de mi casa, la que me permite salir a la amplia vereda con los palos borrachos...árboles que reemplazaron a los plátanos de gruesos troncos grisáceos con manchas de corteza marrón, que cobijaron las correrías de mi infancia, con los amigos del barrio, mientras los padres conversaban sentados en la puerta de la casa, los atardeceres de verano.
La luna marca un sendero
entre los palos borrachos.
Agorería de sombras que conjuran a mi alma.
La luna traza un camino
entre la fronda y la calle.
La luna brilla su espejo indiferente a mi danza
pues voy bailando mis penas
bajo la noche estrellada,
despertando a los recuerdos que van sesgando la calma.
Las copas con flores rosas
en la umbría, vierten magia
pues son rosas negras las flores
-cicatrices de las ramas-
La calle tiene en las vías
su cicatriz costurada.
La cicatriz de mis penas
es una vía obturada...
Un camino sin salida...
Una ilusión que se escapa...
Un sueño que se diluye
como se muere esta noche entre las manos del alba.
Senda de palos borrachos
que aprisionan las veredas.
Vía que intenta una fuga
traicionada por barreras.
Trazo inmóvil de mi calle
que se refugia en mis ojos
y a mi vida se encadena,
¡como se amarran las cosas
con los cerrojos del alma!
Haydée Norma Podestá
Rosario, 28/4/11
Derechos reservados
jueves, 28 de abril de 2011
NO TE RINDAS
Mario Benedetti
De alcanzar y comenzar de nuevo,
Aceptar tus sombras,
Enterrar tus miedos,
Liberar el lastre,
Retomar el vuelo.
No te rindas que la vida es eso,
Continuar el viaje,
Perseguir tus sueños,
Destrabar el tiempo,
Correr los escombros,
Y destapar el cielo.
No te rindas, por favor no cedas,
Aunque el frío queme,
Aunque el miedo muerda,
Aunque el sol se esconda,
Y se calle el viento,
Aún hay fuego en tu alma
Aún hay vida en tus sueños.
Porque la vida es tuya y tuyo también el deseo
Porque lo has querido y porque te quiero
Porque existe el vino y el amor, es cierto.
Porque no hay heridas que no cure el tiempo.
Abrir las puertas,
Quitar los cerrojos,
Abandonar las murallas que te protegieron,
Vivir la vida y aceptar el reto,
Recuperar la risa,
Ensayar un canto,
Bajar la guardia y extender las manos
Desplegar las alas
E intentar de nuevo,
Celebrar la vida y retomar los cielos.
No te rindas, por favor no cedas,
Aunque el frío queme,
Aunque el miedo muerda,
Aunque el sol se ponga y se calle el viento,
Aún hay fuego en tu alma,
Aún hay vida en tus sueños
Porque cada día es un comienzo nuevo,
Porque esta es la hora y el mejor momento.
Porque no estás solo, porque yo te quiero.
sábado, 23 de abril de 2011
LA LUNA Y YO
Me asomé a la ventana atraída por la belleza de la luna llena.
Recostada en el marco de la misma perdí la vista en su silueta lejana .
Unas nubecitas casi transparentes la envolvieron por breves momentos.
Después una bandada de bandurrias en nocturnal y extraño vuelo tomó como fondo la luminosidad para sus siluetas de ébano.
El viejo sauce agitó sus ramas enmarcándole una rizada cabellera.
El concierto de los grillos alternaba sus notas celebrando tanta hermosura.
Un caminito lunar se tendió entre el astro de la noche y mi presencia.
Vi trepar a una niñita forcejeando su triciclo.
Después a una alumna de primaria con sus libros.
Casi atropellando, envuelta en una risa de cristales nuevos, apareció una adolescente.
Más tarde caminó una novia la alfombra tenue de la senda.
Apareció una madre con sus tres chiquillos.
Y en un gigantesco remolino de recuerdos, me vi a mí misma escalando ese sendero.
Entonces…ya no supe si era yo mirando a la luna o si, realmente, era la luna quien me observaba a mí.
Haydée Norma Podestá
Rosario, 27/2/11
Santa Fe - Argentina
Derechos reservados
Recostada en el marco de la misma perdí la vista en su silueta lejana .
Unas nubecitas casi transparentes la envolvieron por breves momentos.
Después una bandada de bandurrias en nocturnal y extraño vuelo tomó como fondo la luminosidad para sus siluetas de ébano.
El viejo sauce agitó sus ramas enmarcándole una rizada cabellera.
El concierto de los grillos alternaba sus notas celebrando tanta hermosura.
Un caminito lunar se tendió entre el astro de la noche y mi presencia.
Vi trepar a una niñita forcejeando su triciclo.
Después a una alumna de primaria con sus libros.
Casi atropellando, envuelta en una risa de cristales nuevos, apareció una adolescente.
Más tarde caminó una novia la alfombra tenue de la senda.
Apareció una madre con sus tres chiquillos.
Y en un gigantesco remolino de recuerdos, me vi a mí misma escalando ese sendero.
Entonces…ya no supe si era yo mirando a la luna o si, realmente, era la luna quien me observaba a mí.
Haydée Norma Podestá
Rosario, 27/2/11
Santa Fe - Argentina
Derechos reservados
jueves, 31 de marzo de 2011
¡¡ PAZZZZZZZZZZZZZ!!
Autora: Nieves Mª Merino Guerra
Las Palmas de G.C.- España
Junio- 2010
(DESDE UNA FRASE DE MAHATMA GANDHI:
“No dejes que se muera el sol
Sin que hayan muerto tus rencores”. )
“No dejes que se muera el sol
Sin que hayan muerto tus rencores”. )
PAZ, DESDE DENTRO HACIA AFUERA
Ni dejes sin abrir tus puertas a la vida
Vaciando los cajones de tu alma,
Sembrando siempre en ti buena semilla.
No dejes que la ira o el espanto
Dejen ciegos tus ojos y tu mente.
Ni dejes que ensordezcan, los dementes
El grito clamoroso de tu canto
Cuando clamas la paz y la justicia…
No dejes que el dolor seque tu llanto:
¡Que rieguen los desiertos más sedientos!
Llenando tu mochila con amores
A pesar de los muchos desencantos.
No duermas, no, sin verte en el espejo
Del rostro de quien tienes a tu lado
Y saber si está vivo o está muerto
Sintiendo sus sentires, sus silencios
Por si eres la causa de su estado.
Que empiece la paz en tus adentros,
La lleves a tu casa, en tu camino.
Que no seas la causa de lamentos,
Ni culpes del fracaso a tu destino.
No lleves la ira y sufrimientos
Ni riegues de tristeza tus sarmientos.
domingo, 27 de marzo de 2011
EL RECUERDO
Autor: Pablo Avendaño Lara
Cuando mi voz se pierda en el silencio,
y mi palabra sea huella de otro tiempo,
si aún piensas en mi, yo estaré viviendo,
porque yo viviré... si estoy en tu recuerdo.
Cuando mi voz se pierda en el silencio,
si tú aún me recuerdas, yo seguiré viviendo,
en el espacio etéreo, en un lugar incierto,
seguiré siempre vivo... aunque ya me haya muerto.
Las personas no mueren si están en el recuerdo,
nunca se muere el alma, sólo se muere el cuerpo,
el alma es algo etéreo, es como el pensamiento,
es una fantasía, es... ¡¡Es todo un universo!!
Cuando ya me haya ido, te pido, te encomiendo,
no me eches al olvido... quiero seguir viviendo.
sábado, 12 de marzo de 2011
EN LOS LÍMITES DEL RECUERDO
A la hora del naufragio
Y la de la oscuridad
Alguien te rescatará
Para ir cantando.
María Elena Walsh
El viejo iba arrastrando su cuerpo hacia el mar.
Se sentía demasiado cansado, demasiado vencido, tanto que ni siquiera el bastón de caña lustrada heredado de su bisabuelo representaba un verdadero sostén. Toda la amargura de su postrera elección de vida le pesaba sobre los hombros como mochila de hierro.
Movía los pies levantándolos apenas del camino empedrado de la parte vieja de la ciudad, con un gesto doloroso que pautaba su andar. Mientras caminaba, iba pensando “Ahora llego hasta ese portal…ahora debo alcanzar la sombra de la copa de aquel árbol…ahora cruzo esta esquina…ahora…ahora…ahora…” Y así, tramo a tramo, superaba pequeños hitos que lo llevaban en un esfuerzo de la voluntad hacia su objetivo.
El cielo plomizo se desplomaba sobre él como si pretendiera aplastarlo sobre la madre tierra. Esa Pachamama que ella reverenciaba porque decía que, a través de sus venas subterráneas, sus propias sangres se conectaban y fluían en un solo e indivisible cuerpo cósmico.
Una bandada de palomas lo distrajo con su tono gris plomizo sobre el acero del cielo. Ese cielo siempre tan avaro del sol, tan distinto a los cielos azules que la contemplaban a ella. Se perdió en las visiones de la piel mate contrastando con el largo pelo rubio.
Los graznidos de las gaviotas alertaron sus sentidos y lo golpeó la realidad de la cercanía del mar. Olor a sal, lamento eterno de las olas…canto de sirenas de un océano demasiado enamorado de los tsunamis, esas líquidas barreras asesinas que deshacían vidas e ilusiones a su paso.
Su pensamiento voló hasta el otro lado del continente; el océano que a ella le pertenecía era más calmo, tal vez, un poco más cálido. Un océano de amaneceres, de un astro que buscaba morir en las costas donde le gustaba sentarse a contemplar los atardeceres. Pero ella era mujer de río. La escuchaba embelesado cuando le contaba historias de la sierpe marrón que rodeaba su ciudad. Lampalagua dormida que abrazaba islas para él desconocidas. Río de barrancas y de playas amarillas. Ella era semejante a la arena cálida, besada por la corriente que se deslizaba mansamente hacia su destino de mar. En cambio, su costa era roca y un estallar perpetuo, como su alma.
Un golpe de viento se enredó en sus cabellos…y tuvo ganas de reir a carcajadas, con esa alegría contagiosa que la risa de ella le había regalado. Antes de los tiempos compartidos, su ceño se mantenía en un gesto cerrado que le daba a su rostro una expresión de enojo. También su propia madre le reprochaba ese entrecejo fruncido pero sólo ella pudo deshacerlo con la caricia de sus dedos. Sonrió con dolor. ¡Hacía tanto tiempo que sepultara los días de la dicha!
Apretó contra el pecho el libro que mantenía en su mano izquierda; un libro igual al que le había dedicado; su primer libro, el que, definitivamente, lo consagraba como escritor. La orilla de la pequeña playa se acercaba mientras iba orillando sus recuerdos. Casi sin sentirlo, sus pies entraron en contacto con la frialdad del agua. La espuma iba y venía besándolos mientras avanzaba decidido hacia el vientre abismal de las aguas. Un nuevo soplo de la brisa le rozó la cara…y la escuchó decirle… “Cada vez que el aire te acaricie, soy yo besándote, mi cielo.”
¿Cuántas veces se lo había repetido?
¿Cuántas caricias del viento había ignorado, desperdiciado?
¡Cuántos besos del aire había perdido!
¡Cuánta cobardía almacenada le había impedido conservar el amor verdadero!
¡En cuánta hipocresía de amor había silenciado las palabras que debieron ser para ella! Amo la vida y no las palabras, le había espetado un día, mientras ella le respondía suavemente, yo amo la vida y amo las palabras…
El agua le superaba las piernas, cuando el abrazo de una ola lo hizo trastabillar, envolviéndolo, mientras lo despojaba de los recuerdos.
Solo, su libro quedó flotando a la deriva, yendo y viniendo al empuje del oleaje, en una cópula de amor interminable con la playa solitaria.
Se despertó repentinamente, asustada por esa sensación de ahogo que le impedía respirar. Algo, como una espesa marea de recuerdos, la envolvía, la golpeaba, la obligaba a abrazar su propia humanidad palpitante.
Fulminante, como rayo que cae en la tormenta, su pensamiento concretizó el rostro amado. Podía tocarlo con las manos, delinear su boca, cerrar delicadamente los ojos con la ardiente yema de sus dedos.
Se levantó por instinto y sus pies, con voluntad propia, la llevaron hasta el estante de la biblioteca donde el libro que él le dedicara dormía orillando sus recuerdos. Lo tomó entre sus manos, posó sus labios en la tapa desde donde el viejo puente a cal y canto la observaba y, con lágrimas que se independizaron de sus ojos, leyó, una vez más, la dedicatoria:
“A mi amada………., el gran amor de mi vida, este testimonio de infinito afecto; en él va mi alma para unirse con la suya. Suyo eternamente………”
Poco a poco, lentamente, se fue deslizando hacia el suelo; apoyando su espalda en el abrigo de los estantes, abrazó sus piernas, recostó la cabeza sobre las rodillas y lloró un mar salado por el amor de su vida que no pudo ser. Mágicamente, el producto de su llanto se volatilizó en el aire y desapareció.
Después, secó su rostro con el dorso de la mano, dejó brotar una sonrisa de felicidad por ese sentimiento tan puro, tan profundo que la había redimido para siempre, se incorporó y volvió a la cotidianeidad de sus acciones, segura que ese amor que él le jurara eterno, la protegería hasta el límite de su existencia, para reencontrarlo nuevamente, más allá de la vida.
Inerte, abandonándose a la voluntad del mar inmenso, envuelto por el juego de las olas que lo llevaban y traían como a un pelele, sentía cómo la vida se le iba cuando, por un milagro inexplicable, salida no supo jamás de dónde, una ola diferente de las otras, con el extraño y dulce sabor salobre de las lágrimas, lo contuvo entre sus ondas y lo fue depositando amorosamente en la playa. Tosió bruscamente un buen rato y se quedó muy quieto, dejando que un sol tibio lo arropara. Después, se incorporó cansinamente y con pasos desiguales e inestables retomó el camino de su casa, canturreando al cielo una promesa de amor sin límites que lo acompañaría hasta el fin de su existencia, seguro de que la reencontraría para siempre más allá de la muerte.
Haydée Norma Podestá
Rosario, 12 de marzo de 2011
Santa Fe, Argentina
viernes, 11 de marzo de 2011
PLACERES Y NOSTALGIAS
Un nuevo amanecer de pájaros
me saluda
desde la fronda presentida
de mi bosque.
En este místico instante,
las cuatro paredes de la casa
contienen una conspiración de las señales
que, como imágenes vivas del pasado,
me asaltan y convocan
para que no guarde los recuerdos
en olvidos
y viva más allá de las nostalgias
los dolores
de los placeres fenecidos.
Placer de trepar las toscas ramas
de los troncos-
arrugada piel- de incontables árboles.
Placer de tirarme en la tierra
y revolcar
mis risas niñas sobre el pasto.
Placer del aire ardiente sobre
el rostro
bicicleteando interminables
las siestas del otoño
mientras un resoplar de trenes
en las vías
atrapaban la mirada viajera
en sus vagones.
Placer de los abrazos protectores
de mi padre
y el trajinar de la casa
de mi madre.
Placer del primer beso recibido;
ése, desprevenido,
que me robó mi primer novio
en una plaza.
¡Ah, la mujer
hoy
se siente niña!
Tal vez
la niña que un día fue
reclame sueños de amor idos
a la nostalgia.
Haydée Norma Podestá
Rosario, 19/9/10
Derechos reservados
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