Me pierdo
en las venas asfaltadas
de la urbe.
Vagabunda errática
sobre el entramado barroco
de las ramas de los árboles,
los techos,
los cables telefónicos,
las luces apagadas
que un sol volcánico
sombrea sobre las calles.
Busco identidades
en la multitud de rostros
que se cruzan.
Es en vano.
La masa oleante
de la gente inidentificable
semeja la marea inalterable
de una playa de cemento,
embaldosada,
adoquinada
donde el ojo atento
de algún bache
rubrica la incomodidad
de los andantes.
Maraña inalterable
de hormigas humanas,
robots enfebrecidos,
transitando a ninguna parte.
Me cruzan y descruzan
confundiendo sus rostros
con el mío
en este vagar sin rumbo
por las veredas rotas y asoleadas.
¿Dónde van?¿Adónde voy?
Miran sin ver
-mínima presencia incolora
mi humanidad errática-
indiferentes a las dudas inquisitivas
que me asaltan.
Máscaras pétreas
que ocultan sueños prendidos
a las ruinas de la nada...
El río
pone un límite a mis pasos
y desando la senda enloquecida
que me arrastra al punto inicial.
Aquel
donde me aguardan
las rutinarias acciones cotidianas.
Huir de mí...
Desmoldarme...
Dejar la piel...
Reinventarme en un resplandor de luna
que me invada cada célula,
cada centímetro del alma
y reposar
-sin preguntas, sin respuestas-
la cabeza
sobre mi almohada.
Haydée Norma Podestá
Fisherton, 6/11/11
Rosario, Santa Fe, Argentina.
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