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martes, 28 de diciembre de 2010
SOLEDAD
Soledad se sentó con el ovillo de lana entre las rodillas, sostenido por la amplia falda blanca. Las manos diligentemente movían las agujas y el tejido avanzaba con el tesón propio de las cosas que desean acabarse. Parecía haber cobrado vida independiente, manifestándose con una voluntad más fuerte que la de la persona que enlazaba los interminables puntos de la malla. Faltaba ya muy poco para terminar el chaleco gris que estaba tejiendo…
Soledad se detuvo un momento con la mirada prendida en las nubes del atardecer que se vestían de tornasol para envolver sus sueños. Por un momento pensó en la belleza de ese tejido tan blanco…tan puro…como su amor por el hombre al cual lo destinaba.
Soledad sonrió al recordar la fuerza de su abrazo y cómo le gustaba perderse contra su pecho fuerte…un león, eso era su hombre para ella. Tan potente, tan bravío, tan señorial.
Amaba sus manos blancas, de dedos finos. Esos dedos que se enredaban en su pelo para darle forma a los tirabuzones de sus rizos color miel. Le gustaba sentir cómo rozaba su mejilla con su bigote, una vez y otra, para dejarla sonrosada de tanto acariciarla. Casi inconscientemente se apartó de la frente un mechón color plata mientras sus dedos torpes se trenzaron en una sombra de bucles.
¡Y su risa! Su sonora risa que se adelantaba en las alas del aire para anunciarle que ya llegaba…su risa que anticipaba la voz amada. También la risa de ella respondía al reclamo del amado mientras bajaba corriendo la pendiente hasta la costa. De tanto recordar las risas enredadas en el viento, soltó una carcajada destemplada que transformó en trizas el cristal del aire.
La voz de él cantó en su oído un poema de amor ardiente y al influjo de sus notas despertaron todas las caricias dormidas en los dedos. Las caricias prendidas a la memoria de su cuerpo en un desfile de sutiles sombras tiernas y nostálgicas.
Sensaciones maravillosas que pronto se repetirían, cuando él llegara saltando por el caminito pedregoso.
Vibró su corazón abriendo el cofrecito de su pecho para dejar volar su amor- pájaro en libertad de vuelo- y llegar hasta la presencia amada. Lo veía atrapando ese montoncito de plumas ilusorias para depositar un beso y devolvérselo con el envión de su poderosa mano
Soledad dejó que dos brillantes lágrimas rodaran por sus mejillas…Desde el fondo de sus noches alguien cantaba “No siempre el silencio es la más significativa expresión. Recuerda que la vida sigue viviendo, latiendo y expresándose en el amor”
Soledad secó maquinalmente sus lágrimas, recogió el ovillo blanco de lana convertido ya en una sombra gris de tiempo…y mientras el chaleco se resistía a ser destejido nuevamente, ella lo devolvió a la pelota de lana que daría origen por la mañana a una nueva prenda, mientras esperaba un regreso que, tal vez, llegara
a ella... antes que la orilla de su vida la alcanzara.
Haydée Norma Podestá
Rosario, 27/12/10
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